Gracias a ti

Durante dos días las maletas estuvieron tiradas en las alcantarillas de la vía pública, hasta que un dignatario decidió hacerlas a un lado dejándolas reposar al pie de un árbol tropical gigantesco.

Yosmer Hernández 

Redacción El Mangazo Web| El día en que ocurrió el accidente ni el cielo se tornó diferente, ni el sol brilló más que cualquier otro día, simplemente, la noticia de que algo sucedió en la Avenida Sucre, dirección al Aeropuerto Nacional Virgen de Coromoto, se propagó por todas las cercanas comunidades.

-Arrollaron al señor de las maletas. Allá en el aeropuerto están las maletas tiradas, debajo de un palo de mango. –sentenció Andrés Paúl cuando venía de vuelta de la bodega.

-¡Mm! –exclamé y suspiré.

-¿Que… tu no sabías? –preguntó

-No y a ti quién te dijo…

-Paola, mi hermana. -respondió

No pude evitar recordar sus palabras que se reproducían en mi memoria como una rocola con ganas de sonar.

«Por aquellos días huíamos de la Digepol porque si caíamos en sus manos, sabíamos que ya no volveríamos. A varios de mis amigos no los volví a ver más, y al tiempo supe qué había sido de ellos, porque otros me contaron que se dejaron agarrar», ahondaba Gerardo Coromoto Pieruzzini mientras sorbía el café sentado en la acera. 

Gracias a ti
Datos de Gerardo, el protagonista.

Varios días antes de que le arrollaran, me explicaba como tales consignas: «Cuba sí, Cuba sí, Cuba sí, yanqui no, Cuba sí, Cuba sí, Cuba sí, yanqui no”, habían hecho ruido en el Estado y Rómulo Betancourt se desbarajustaba ordenando el arresto de los cabecillas de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN) y la muerte de los partidarios guerrillas.

En mis tardes de caserío, suelo sentarme en la calle de enfrente de donde está mi hogar, con la cualidad de espectador de peculiaridades y más que cualquier cosa, casi siempre espero la hora en que pasa Gerardo, un viejo amigo que le gusta contar historia de revolución con un sentimiento adherido a los relatos, como si la vida jamás habría de arrancarle la memoria o la voz o las ganas de seguir contando la historia de una vida que para muchos, quizás no merezca ser vivida, pero así fueron sus decisiones y él eligió vivirla, muy cobarde, y muy valientemente.

El marxismo había dejado su conato para empezar a transcender la utopía porque en el mundo, la fiebre se propagó como el cólera, aunque muchos años después el nivel de vida reflejó una decadencia inminente.

Pieruzzini cantaba las canciones izquierdistas mientras que con sus dedos hacía movimientos de dirección orquestal y me miraba. Volvía a narrarme su paso por aquellas tierras salvajes mojadas por las gotas de descendientes de un cielo de luces. Otrora mojaba; más que sus corazones, las guerreras de revolucionarios inspirados en una lucha marcada por el partidismo venezolano que fundamentó sus bases en una tierra madre del sendero, en los linderos de Portuguesa, Biscucuy y Boconó, al suroeste de Trujillo.

«Dicen los americanos que Fidel es comunista, dicen los americanos que Fidel es comunista mas no dicen que Batista, mató 20 mil cubanos…» canta como un pequeño de 73 castañuelas y mientras la profundidad de sus ojos se pierden en el piso, mirando las hormigas, como si le recordase el tiempo en que fue tan semejante y tan pequeño como aquellos insectos que abren paso a su voluntad influenciada por la supremacía. Y sus manos sujetan el pequeño vaso de café en que a sorbos tomaba porque seguía caliente.

Estaba tibio como la vida que aprendió a vivir justo antes de morirse, porque Gerardo asimiló que tenía que morir todos los días al relacionarse con una civilización que lo excluyó hasta tirarlo en un recinto tácito llamado indigencia; y ahora le tocaba subsistir en el suicidio de vivir, sin antes haber tenido que acabar consigo mismo por tan mísero que fuera su destino silencioso en el ruido de los gritos ideológicos.

Acostumbraba a llevar en sus macundos, una chaqueta guerrera bastante cómoda, que le abrigase tanto del frío como el calor. A lo que llevaba en sus manos le llamó las maletas de la vida, porque durante mucho tiempo le acompañaron como un perro cuida a su amo. En ellas guardaba sus harapos que eran aquellas telas sucias y rasgadas lo que le daba de mal comer.

Aquel hombre que tiempo atrás, entregó su valioso tiempo a causa de una ideología, que no supo más que quitarle lo único que tenía, seguía su camino sin aventura como un nómada, pero sumergido en las calles de un barrio con fundamentos marginales aunque peculiar debido a su llanería.

A todas horas, la señora de la bodega argumenta que fue su actitud lo que afectó su presente, pero Quinta Rosa, la vendedora de la tienda de enfrente afirma que la vida es incierta y que “uno nunca sabe cuándo el río lo revuelca”.

Lo cierto de la razón es que no convence sin antes haber seducido porque si se analiza se mata la ajena, y así van todos, opinando acerca de la tierra sin siembra, aunque Gerardo jamás negó que su desdén fue haber dejado el bachillerato para iniciar los pasos de rebeldía con ímpetu castrense, aún cuando podía haber visto desde la cima, tuvo que caer para observar desde la tierra y fue entonces cuando Andrés Paúl me anunció que «habían arrollado al señor de las maletas».

«Recuerdo que aquel día mi mamá brava me dijo, se va para donde su tía. Recogí mis maletas y me fui porque la Digepol me estaba buscando. Nos perseguía a todos los que estuviésemos en contra del gobierno y los desaparecían. Entonces mi mamá no quería un hijo muerto. Ahí fue que dejé la vaina.

»Anduve por todos esos cerros de Biscucuy y Boconó, con un AK-97. Era pequeña y recortada», aseguraba bajo el sol de octubre que sonríe con demencia y entre explicaciones va haciéndome con sus manos la medida aproximada de lo que era aquella arma que denominó «un veneno», cuando de pronto, sacó de su maleta una guerrera verde claro, un tono venenoso y se la colocó, luego agregó a su vestimenta una boina del mismo color hecha de tela jean y de nuevo empezó a contar cómo se debatían en los campamentos contra la Digepol, que años después pasó a llamarse Disip durante el primer mandato presidencial de Rafael Caldera.

Hacía mucho tiempo que no dormía en cama, porque la cambió en plena razón por un catre de campaña que acostumbraba a utilizar en el campamento y, el día que se salió de allí, el destino le fue quitando todo lo que había ganado para dejarlo en la calle vendiendo remates –hasta que cayó en cuenta que la vida no quita, sino despeja para que el aleteo de las gaviotas no se vea tropezado con vuelos turbosos.- pero no cualquier remate, sino baratijas de basurero, harapos manchados y trastos inservibles que para él eran sus utensilios.

Los días que me acercaba hasta él para compartir el almuerzo, entre diálogos, sacaba de sus macundos algún que otro tenedor de plástico bastante utilizado y mordisqueado por los dientes dominados en las ansias y, siempre que me veía, después de comer o mientras tomábamos el café, me mostraba el periódico viejo que conseguía de algún lugar del mundo, como si supiese que mi oficio era ese que me llevó a escribir: el periodismo.

Justo ese día, me comentó acerca de sus libros y me citó tal frase: “Jesucristo, Don Quijote y yo hemos sido los más grandes majaderos de éste mundo”, que para entonces no pude olvidar y siempre o casi siempre puedo recordarla como si fuera algún texto de García Márquez.

Hace dos semanas se registró un accidente en la entrada de la comunidad en la que crecí jugando metras y peleando por cometas, eso que tanto llamamos “papagayos”. Un motociclista arrolló a un señor de 73 años de edad, alto, con la piel languidecida y vestidor de harapos.

Gracias a ti
Pieruzzini poseía licencia de conducir de tercer grado activa. Fotografía referencial.

¡Vaya usted a saber! Pero aunque luego se estrecharon las manos y siguieron por senderos cruzados, como siempre pasa con quien gobierna y con quien es gobernado.

Sus maletas quedaron tiradas durante dos días en la avenida principal y desde entonces, no he vuelto a saber más de mi estimado amigo revolucionarios. El mismo que como fiel ideario se negó de haber estado en los campamentos de lucha el día que Teodoro Petkoff se le acercó y lo vio vendiendo remates en las cercanías de la plaza Bolívar de Guanare, capital espiritual de Venezuela, no por pena, sino por consideraciones estrictas de los ideólogos que conciben el mundo de tal forma.

Luego de haber estado recluido en el Hospital Universitario Dr. Miguel Oraa fue dado de alta, y en su hogar falleció bajo los supuestos cuidados familiares, aunque durante mucho, vecinos afirmaron que Gerardo dormía en el porche de su casa, mientras que otros vociferaban que en casa lo despreciaban, sin embargo, jamás me atreví a removerle el pasado con el que cargó consigo hasta el día en que murió.

El 4 de diciembre cumplirá 74 años, su primer año en el cielo (afirman los católicos) y el resto quedó en la tierra desde aquel 1944 en que llegó al mundo un ideólogo que falleció como tal cual.

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